La caminata de la seis de la mañana fue una peregrinación, aunque todavía no lo podía saber al levantarme. Cerré la puerta interior que da al patio con una barra de madera gruesa que encajé en dos ganchos incrustados en la pared y salí por la puerta principal en la esquina formada por las calles Los Mandarinos y Los Jazmines. Caminé por la calle Los Jazmines bordeando la zanja que divide en dos el camino de tierra. Me detuve en la inscripción que anunciaba "Leña y Carbón" en un pizarrón negro. Esa visión me recordó que a la noche iban a venir seis amigos a comer un asado. Carne y verduras era el pedido que intentaba satisfacer todas las teorías gastronómicas. Seguí caminando hasta Las Higueras. Alguien pasó rápido y fugaz. Me di cuenta de que también había pasado otra persona y que esta última me había susurrado algo. Llegué a las canchas vacías de Colastiné Norte Fútbol Club y otra persona pasó a mi costado con la velocidad de una planta de otro lugar. Me detuve sobre la luz que se extendía en el césped del terreno deportivo. Alguien más me susurró más fuerte, pero yo estaba concentrado en esos matices de la luz que comenzaban con el día.
Doblé por Pasaje Nº 328,50 y tuve la comprensión de lo que me estaba pasando. En realidad, ordené con palabras un pensamiento que venía pugnando por emerger: había dos tipos de habitantes en la zona. Los que se habían desplazado desde la ciudad y los que habían nacido aquí. Los primeros seguían con el ritmo y el anonimato de la ciudad. Pero los segundos se detenían a saludar y a conversar. De ahí la sensación creciente de hostilidad. Esta se producía cuando no hablaba con alguien del lugar que me susurraba para empezar la conversación. También, aunque de forma inversa, al sentir la rapidez feroz si era alguien venido de la ciudad quien aparecía en mi camino. ¿Y yo a qué categoría pertenecía? Había que respetar ese código e intercambiar unas palabras de cortesía, me dije. Ya me iba despertando de manera completa y me disponía a intercambiar palabras en los próximos encuentros.
Sobre una bolsa blanca grande de cemento había un perro negro recostado. Cuando me vio o me olfateó se levantó y me enseñó los dientes. Para dejarlo atrás doblé en el bulevar Las Grevileas. La calle de tierra estaba incendiada por la luz del sol. Sin embargo, pude distinguir que el perro me seguía, y detrás de él venía su dueño. Seguí caminando hasta la calle Los Chañares donde había un hombre inmóvil recostado contra un árbol, adosado al árbol. Con el torso descubierto, pantalones cortos, descalzo, y con una delgadez fibrosa su cuerpo no tenía edad, pero sus ojos eran muy antiguos. Di vuelta la cabeza cuando sentí los ladridos del perro. Su dueño estaba detrás pero no lo sostenía ni le impedía que avanzara hacia mí. El perro se puso al lado de mi pierna y, aunque sin tocarme, me mostraba sus dientes y me ladraba con furia.
- ¿Puede agarrar su perro? (le pregunté).
- No lo mordió (me respondió).
- Sí, pero me muestra los dientes.
- Pero tengo derecho a no pasar por el miedo que me causa su perro.
- Pero yo no sé si no lo hará.
Abandoné la discusión insólita y seguí caminando por el bulevar Las Grevileas. El perro y su dueño desaparecieron en un momento, pero al llegar a la intersección con el Pasaje S/Nº a unos metros del terraplén, vi, esta vez adosado contra el cartel inclinado que indicaba el nombre de las calles, al hombre que había cruzado antes al lado de un árbol. Se lo veía delgado y firme, del color de la calle de tierra, pero con esos ojos cargados de años. Para zafarme de manera natural de sus pupilas miré para atrás y vi, por efecto de la luz de las primeras horas del día, mi sombra alargada como un Giacometti sobre el camino. Seguí caminando. Mi objetivo era llegar a la toma de agua junto al río. Observé el camino que faltaba. Por momentos la tierra del terraplén tiene los colores de Marruecos, pensé. ¿Será que una luz refleja a otra y todos somos un juego de ecos? Sentía un lenguaje diferente, tal vez las palabras que no pude capturar cuando me desperté.
Caminaba por el terraplén y surgido de algún lugar indefinido me seguía el hombre que había cruzado dos veces antes. Decidí no detenerme y continué hasta llegar a mi objetivo. Me senté en la barranca alrededor de la toma de agua donde había un cartel que decía "Peligro de derrumbe". Esperé a que me alcanzara aquel desconocido. Llegó hasta donde yo estaba sin apurar su paso y se detuvo a mi lado. No había hostilidad en sus ojos sino condescendencia. Permanecía en silencio y esperaba algo. Como me había propuesto, me dispuse a entablar una conversación. Me levanté y le pregunté directamente:
- Lo del perro, quería decirle.
- Yo lo vi, estaba cerca, al lado del árbol.
- Sí… ¿y qué me quiere decir?
- Sí, no use argumentos, use metáforas. Hágame caso la próxima vez.
Miré el cartel y le dije, de espaldas, antes de darme vuelta:
- Yo soy el que se está por derrumbar.
Entonces me respondió desde su cuerpo extrañamente vigoroso y sus ojos antiguos, frágiles, cargados de tiempo:
- Vio que aprende rápido.
Sonrió con el ruido de un metal oxidado y se fue por un atajo del otro lado del terraplén, donde unas casas se unen al río. No lo volví a cruzar, ni a ver. Regresé a la esquina de Los Jazmines y Los Mandarinos acelerando el paso y me acosté en la hamaca paraguaya, para ejercitarme en el arduo trabajo de no hacer nada. Cuando pasé un buen tiempo inmóvil, comencé a ver esos ojos; y después a ver con esos ojos. Luego desaparecieron y todo era una sensación homogénea de calor y luz prepotente. Al seguir inmóvil en la hamaca se me aparecían con nitidez ciertos detalles. Hojas que se desplazan e insectos que se manifiestan. También surgieron palabras, palabras que se empujaban solas.
Al final me quedé dormido y cuando me desperté, sin levantarme de la hamaca paraguaya, intenté percibir las modalidades de la luz que se iba descomponiendo. Así pasaron las horas hasta que el día se deshizo y con la noche llegaron los amigos para el asado. Los gestos fueron apareciendo, o brotando, no como algo aprendido sino como algo olvidado cuando hice el asado. Me detuve en la imagen -el fuego arrinconado, las brasas distribuidas con la espacialidad necesaria, la carne extendida y salada, la mano sintiendo arriba de la parrilla la intensidad del calor para regularlo, los sietes comensales que éramos bebiendo y hablando como atravesados por el fluir de un río- y sentí algo que me dije en silencio: esto ya lo he leído. Cuando nos sentamos mencioné el nombre de cada uno y nos conté en voz alta. Quería decir algo:
- Siete no es un número cualquiera. Lo real en este momento: todo.
- Hablás raro hoy (dijo Nora, sin dejar de comer).
- Seguro que lo mordió un perro hoy (sugirió Lena).
- ¿Cómo es eso? El perro te muerde o no te muerde (sentenció Pablo).
Iba a tratar de explicar el miedo que precede a la mordedura del perro, aunque esta no se produzca cuando, en el rostro de Luz, vi que se posaban, arrebatándoles los suyos, y sin que ella lo supiera, los ojos que había visto en el terraplén. Entonces sonreí:
- Estás siendo muy literal (dijo Luz).
- O demasiado oscuro (añadió Raúl).
- Te gusta el casi, el entre (sentenció como distraído Miguel, sin darle importancia a sus palabras).
- A veces es mejor así (quiso contemporizar Lena).
- ¿Cómo? ¿De qué manera? (preguntó Nora, reabriendo la discusión).
- De ninguna manera (se enroscó Lena).
- Además, hay otra categoría (filosofó Diego, señalándome). También están los que no son de acá, pero dejaron de pertenecer a la ciudad. Están en proceso de transformación. Eso se nota primero en la forma que adquiere el pelo.
El vino y la palabra circulaban por la mesa. Hice silencio para que mis movimientos catalizaran las diferencias que se habían enunciado. Señalé la botella que estaba vacía y apoyé las dos manos sobre la mesa para susurrar lo siguiente:
- No me mordió, no me mordió… Pero… las semillas cayeron lejos de la tierra húmeda, salvo una. Y la hormiga recorrió, desapercibida, su trayecto con un fragmento de hoja más grande que su cuerpo.
Entonces, todos contentos, se dispusieron a terminar la carne y las verduras asadas. Cierto monoteísmo culinario se abría a la aceptación de nuevos elementos y a erosionar algunas certidumbres.
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